Combinando colores, mientras viajo en la ficción de la realidad

La ventana indiscreta, cine clásico en verano

Los clásicos siempre serán modernos, canta Jorge de “La habitación roja” en el tema “Nunca ganaremos el mundial”, no lo sé, tal vez yo no hubiera utilizado el adjetivo modernos, sino eternos. No recuerdo con nitidez la primera vez que vi “La ventana indiscreta”, era una niña. Nadie me encaminaba, pero durante años descubrí muchos clásicos, quizás no adecuados para mi edad, pero eso fue una constante durante mi infancia. Nadie me frenaba y me convertí en un proyecto de adulto a destiempo. Ahora mientras escribo este post descubro que el film no se estrenó en España hasta el 16 de abril de 1984.

Me gustaba mucho el cine negro de los cuarenta y los cincuenta y también las películas de Hitchcock. Por eso, me atrajo la idea de volver a ver esta con Grace Kelly y James Stewart en pantalla grande y en un marco tan bello como el Palacio de Cibeles en Madrid. No os voy a engañar, la acústica es mala, pero eso se intenta subsanar con unos cascos y se consigue en gran medida, y las sillas son propias de un chiringuito de playa, buenas para un rato, incómodas para casi dos horas de metraje.

La belleza de Grace Kelly apabulla en pantalla grande, no solo esta, sino su elegancia y a la materia prima, se une un primoroso vestuario que es la envidia de cualquiera al que le apasione mínimamente la moda. Como dice el personaje de James Stewart, L. B. “Jeff” Jefferies, en varias ocasiones con el fin de desacreditarla y rechazar la idea de casarse con ella, es perfecta. Sí, Lisa Fremont, una socialité neoyorquina joven, guapa y exitosa, lo parece y solo se puede explicar con un enamoramiento ciego el hecho de que aguante al cascarrabias de su novio -mucho mayor que ella.

No es nuevo citar la aversión de Alfred Hitchcock hacia las mujeres y los comportamientos machistas, proyectados o no por el director, que aparecen en la película. Solo se da cuenta “Jeff” de la valía de su novia cuando ve cómo se juega su vida por su creencia ciega en la hipótesis que monta él postrado en su silla desde su ventana indiscreta. El final es cinematográfico y refuerza los puntos “cómicos” que se entremezclan con la intriga. Sí, Lisa comienza a leer sobre los temas que le interesan a su novio, pero cuando este se duerme, deja el libro y se lanza a hojear de forma ávida su lectura preferida “Harper’s Bazaar”. Nunca deberíamos cambiar por los deseos o mandatos de otros.

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