Combinando colores, mientras viajo en la ficción de la realidad

Las doce de la noche

Siempre me planteo que si llegó a las once y media de la noche y aún no he escrito nada en este blog, todavía tengo tiempo de hacerlo. Pero, ayer, aunque me levanté tan pronto como siempre, la vorágine me arrastró y cuando quise mirar el reloj ya eran las doce.

Fue una jornada en la que hice tantas cosas distintas que me dio la impresión de que habían transcurrido varios días y cuando, por fin, a las doce pude cenar, ya habían pasado 16 horas desde que me había levantado y la mayoría de ellas las agoté trabajando -descontando el tiempo para desayunar, comer, el gimnasio y la ducha posterior.

La cabeza me va de un tema a otro y no hace falta nada más que ver el número de cuentas de Twitter que gestionó que son seis -como me gusta decir cada una de su padre y de su madre- para que entendáis que a veces me cuesta saber en el día que vivo y dónde estoy.

Últimamente solo os hablo de cosas tristes, o al menos tengo esa impresión, aparte del tema del otoño y del invierno, otras cosas me hacen estar preocupada y llorar con más frecuencia. Siempre he sido muy llorona, pero en las últimas semanas me estoy luciendo. Tengo un truco de lo más frívolo para dejar de llorar, pienso en el daño que sufren mis ojos, además los sofocos hacen que se marquen capilares junto a estos y aunque no lo he leído en ningún lado, seguramente envejezca. Si me imagino todo esto, paro, el problema es que, a veces se me olvida.

La foto es de F.G. Leal y como podéis ver estoy tranquila, pensando y respirando en la Calzada del Gigante (Giant’s Causeway) en Irlanda del Norte, un lugar maravilloso, que me recuerda a un viaje genial.

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2 Responses to “Las doce de la noche”

  1. Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

    Cada cual tiene su manera de sacar adelante sus llantos, y tu misma has apuntado una manera que consideras frívola. Pero yo te invito a que no te analices tanto y lo hagas fuera de ti. Que pongas tu mirada en los millones de personas que ni lágrimas tienen para llorar de tan profundos sufrimientos que pasan, derivados del hambre, violencias, falta de libertades…

    Y no hace falta irse muy lejos, Elisa, están a un paso nuestro. Sólo hay que desear ver.

    Un abrazo.
    Isabel

    Responder
    • Elisa Blanco Barba

      La frivolidad solo me sirve para parar de llorar. En realidad lo que me causa el llanto no es mi situación personal, sino muchas cosas que ocurren a mi alrededor. Considero que sé lo que es la empatía y te agradezco tu consejo. Saludos.

      Responder

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